A 27 años

Amy Winehouse, Janis Joplin, Kurt Cobain, Jimmy Henrik. Todos muertos a los 27 años de edad. Alcohol, pastillas y drogas. Probable suicidio.
Los jóvenes los admiran. Incomprendidos obtuvieron la gloria al morir a los 27.
¡Qué gloria ni qué ocho cuartos! Morirse a los 27 años de edad es una tragedia. Y si es por mano propia es una doble tragedia.
Aterricen. Yo tengo 61 y no me quiero morir. Hay que vivir!!!!

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Chamos en Madrid

Ayer pedí comida para traer a casa. Mediante la App de Glovo. En el mapa que te muestra la App veo la bicicleta del repartidor por Atocha. Todo bien. Luego Tirso de Molina. Ok. Luego baja por una paralela a mi calle y termina en Embajadores. Le escribo por el chat: “Te has pasado. Te has ido lejos”. Luego veo que da media vuelta y vuelve a subir pero se equivoca otra vez. Y le escribo: “No. No subas más. Te estás alejando”. Luego cruza perpendicularmente mi calle y le vuelvo a escribir, etc. Al final veo la bici inmóvil cerca de mi casa. Decidí salir. Veo en una acera una bici azul tirada. Y a unos 3 metros a un chico acostado en el duro suelo de una plaza y la caja de Glovo cerca. Me acerco y le digo: “¿Venías a traerme un pedido?” Y responde: “¿Es Usted una de la de los pedidos?” Le digo que sí. Con dificultad atrae la caja hacia él, saca un paquete y me lo da. Miro la factura y no es el mío. Se lo digo y saca otro. Era el mío. Le dije: “Gracias” y me iba a ir pero regresé y le pregunté (aunque ya lo sabía): “¿Eres venezolano?” Me dijo sí. Flaco y muy moreno. Le pregunté: “¿Sabes dónde estás?” Y respondió: “Madrid”. Le dije: “¿Sabes en que barrio estás?” Me dijo que lo único que sabía era que traía 2 pedidos que estaban cerca. Le pregunté si sabía que estaba en Lavapiés. Y me dijo que no. Le dije que esa plaza no era un buen lugar para descansar. Porque era una plaza que los subsaharianos consideraban suya. Que además robaban bicicletas y también a quienes no eran del barrio. “Sub qué” -preguntó. Le dice: “Africanos del sur del Sahara” Le expliqué que la palabra “ngrs” no era conveniente utilizarla. Me dijo: “Señora: no puedo más. No puedo pedalear más. No puedo ni caminar. Estoy exhausto y ya ni sé regresar”. Le dije que le iba a colocar la máxima nota como repartidor del pedido que me acababa de dar. Miré la dirección del último pedido y le dije que era cerca. Le dije que hiciera un último esfuerzo para no quedar mal y que lo entregase. Y que después dijera que hoy (ayer) ya no podía llevar más pedidos porque se sentía mal. Y punto. Me dio las gracias y me dijo: “Señora: yo no puedo más. No sé qué será de mi vida. Pero no puedo más. Este trabajo me está matando.” Le dije que lo sabía. Que sabía que eran explotados. Que la cantidad de kilómetros diarios que pedaleaban era sencillamente inhumana. Y lo peor: explotados por otros venezolanos. Porque el dueño de Glovo España es venezolano.
Y recordé a Leopoldo López bronceado disfrutando de Madrid. Y a toda la porquería opositora venezolana. Nunca jamás han hablado de lo mal que la pasan estos chamos en Madrid y muchas otras ciudades españolas. El chamo de ayer estaba exhausto, adolorido, derrotado. Le vendieron un sueño que ya sabe que no es más que una pesadilla.

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El pasado

Nunca antes había pensado tanto en mi infancia, adolescencia, … Y es que, claro, cuando ya no puedes pensar en el futuro (porque estás en la recta final, tu tiempo se acaba) vuelves la mirada hacia el pasado.

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Envejecer en Caracas

Siempre pensé que envejecería en Caracas rodeada de mi enorme biblioteca. Y pensaba dejarle mi biblioteca al IESA después de morir. Porque fue un lugar importante en mi vida desde un punto de vista afectivo. No fue un mero Instituto de postgrado en Administración. No. En aquellos años fue un lugar donde, incautos, tuvimos un sueño. El sueño de hacer Venezuela grande. Ya todos saben cómo terminó esa inocente utopía. Desterrada miro hacia el pasado y todo me parece una locura. Obviamente, las viudas del paquete (Caldera, dixit) teníamos que irnos. Aunque personalmente no nos persiguiera ningún desgobierno. El odio, la ira, estaban dedicados a nosotros. Pero nosotros no éramos ni pretendíamos ser héroes ni grandes personajes. Teníamos vidas privadas. Ahora nos dicen que se equivocaron. Que teníamos razón. Pérez murió en el exilio. Luego su cuerpo pasó meses en un refrigerador. Destruyeron nuestras vidas. Y no pueden reparar eso. Yo ya no les profeso odio. Nada. Nada. Lo hecho, hecho está. Destruyeron millones de vidas privadas. Qué importa. Ya nada importa. Somos viejos, ancianos.

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Pensar que moriré

Pensar que moriré. Y el mundo, las galaxias, el Sol, las ciudades, los parques, los trenes, los árboles, todo seguirá aquí. Y yo no podré verlo ya. No seré. No existiré. Y, de repente, pienso en todo eso: los trenes, los parques, el mundo. Y en lo poco que lo valoré. Cómo podemos pasar del ser al no-ser, así sin más. Porque no podemos imaginarnos “vivos” pero sin cuerpo. Para Platón el cuerpo es la cárcel del alma. Yo valoro el cuerpo bastante más que Platón. Soy mucho más materialista. Porque sin cuerpo no hubiese podido amar con toda mi alma. El amor partió de mis 5 sentidos. Todo lo que he amado lo he visto. Y el alma no tiene ojos. Pero es la única esperanza que nos queda de no morir del todo, de no desaparecer completamente. Aunque yo no soy demasiado espiritual. De qué coño me sirve el alma sin un cuerpo. Si es que sobrevive al cuerpo, cosa que no sabemos. Además de ser invisible e inmaterial.

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Skinner. Ana A


Hoy lo entregué a otra persona. Tal vez pueda recuperarlo si tú regresas. Lo quiero más que a ti. Pero lo quiero tanto que a ti también te toca mucho amor.

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Iñigo …

Hace unos días me sentía muy mal. Iñigo estaba en mi mente, en mis recuerdos, en mis sueños …
Murió sin llegar a los 60. Y sin haber sido feliz jamás. Lo siento tanto. Pero tantísimo.
Pero hay que seguir. El 18 cumplo 61. Y sé que ya estoy viviendo la ñapa. Y espero que esa ñapa sea larga.
A veces, uno quisiera borrar el sufrimiento de un ser querido. Pero la cosa con él era complicada. Era difícil. Lo siento tanto. Su inteligencia desmedida, su sensibilidad hiriente. Su lucidez. Iñigo … qué vaina, amigo. Prácticamente 40 años de amistad y nunca supe cómo mitigar tu dolor.
Yo fui más práctica. Más “adaptable”. Acepté terapias y antidepresivos.
Tú viviste a pelo. Y eso es una hazaña. Y un calvario.
Un cáncer inclemente, terrible, bestial, monstruoso se instaló en tu cuerpo.
A veces creo que hay que pedirle explicaciones a Dios. Con Iñigo se cebó demasiado.

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Murió Iñigo.

Sin palabras.

Amigo.

Amigo …

Tu pérdida me parte en dos

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El problema son los varones

No olviden que cada talibán es parido por una mujer.
El problema es parir varones.
Y, generalizando, el problema siempre son los varones: violan, hacen las guerras, …

El “problema” es la heterosexualidad.

El coito es algo brutal y arcaico.

Una heterosexual es siempre una puta.

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Denuncia: el 061 — Perú

Denuncio que en el número 061 donde deberían informar acerca de cuáles medicamentos son contraproducentes con las vacunas para el Covid19 atienden puros peruanos. Y primero te dicen que para qué llamas. Que llames a otra parte. Y si insistes en ser atendido te piden tu dirección y te envían a la policía diciendo que te quieres suicidar.

Esa inmigración es m**rd*.

Nada más hay que ver lo que le hicieron a Alberto Fujimori. Cómo provocaron el suicidio de Alan García. Cómo le robaron los votos a Keiko. Y cómo maltratan y hasta matan a los migrantes venezolanos en Perú.

Y recuerdo las palabras del Vicealmirante Carbonell Izquierdo, héroe del Porteñazo, padre de mi amiga Carola: “Mira, Conchita, los negros no son malos y si quieren pelear dan la cara. Pero los indios … esos te matan por la espalda. Si lo sabré yo que tuve que trabajar con el batallón de selva. Te recibían de mil amores y al girarte te lanzaban la flecha envenenada.”

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